El viraje más descarado del balotaje: de «es una vergüenza» a «tomemos un cafecito de Quillabamba»
Roberto Sánchez, candidato de Juntos por el Perú que acaba de clasificar al balotaje presidencial según los resultados de la ONPE al 93.5%, acaba de protagonizar uno de los giros más cínicos que hemos visto en campaña: el mismo hombre que prometió echar a Julio Velarde en su primer día de gobierno ahora dice que la «estabilidad macroeconómica es más importante que el individuo» y se ofrece a tomar un café con él.
Señores, esto no es madurez política. Esto es miedo puro.
Antes de la primera vuelta, Sánchez fue categórico frente a sus bases: «Usted, señor Julio Velarde, no nos representa. Nosotros, en nuestro primer día de gobierno, lo vamos a echar porque es usted una vergüenza». Las palabras no eran ambiguas. No había espacio para la interpretación. Era una promesa directa a su electorado.
Hoy, enfrentando a Keiko Fujimori en la segunda vuelta y con apenas un 12% frente al 17% de su contrincante directa según los últimos reportes de escrutinio, el candidato no confirma ni descarta si Velarde se queda o se va. Dice que esa decisión la tomará «luego de pasar y ganar la segunda vuelta». En otras palabras: primero dame tu voto, después te digo.
El cálculo electoral detrás del cambio de discurso
El análisis es tan transparente que duele. Sánchez necesita dos cosas que su postura radical sobre el BCR le impedía conseguir:
Primero, desactivar la anticampaña del pánico económico. Los sectores opositores y los medios de derecha estaban listos para explotar cualquier declaración agresiva contra Velarde —considerado el garante de la estabilidad monetaria por los mercados y el empresariado— para avivar el miedo a la fuga de capitales y el alza del dólar. Moderar el discurso es un intento de quitarles esa munición.
Segundo, cazar el voto moderado. Con los números que tiene, JP no puede ganar solo con su base dura. Necesita a los indecisos y a las clases medias que quieren reformas pero no quieren un salto al vacío en la economía. Y esos votantes se espantan cuando escuchan que el primer acto de gobierno va a ser defenestrar al presidente del banco central.
El problema, señores, es que esta maniobra deja al descubierto algo mucho más preocupante que una postura radical: deja al descubierto que las promesas de Roberto Sánchez tienen fecha de vencimiento, y esa fecha es el día después de que consigue lo que quiere.
La pregunta que nadie le hace
Si Sánchez era tan frontal sobre Velarde cuando necesitaba votos de izquierda, ¿qué otras promesas de campaña están sujetas al mismo criterio de conveniencia electoral? ¿Cuántas más van a mutar en cuanto cambien los números?
El candidato ha decidido mantener la incógnita oficial hasta después de la segunda vuelta. Lo que sí está claro desde ahora es que el electorado peruano está frente a un político que modifica sus convicciones según le sopla el viento electoral. Y eso, señores, no es un giro estratégico. Es una señal de alerta que no podemos ignorar.


