En Morropón, Piura, escolares de primaria reciben clases en espacios divididos por sábanas porque nadie mueve un dedo para reconstruir su colegio que se cae a pedazos
Señores y señoras, prepárense para indignarse. En pleno 2026, más de 180 niños de la institución educativa N.° 14637 Niño Jesús de Praga, ubicada en Carrasquillo, Morropón, Piura, están siendo obligados a recibir clases en condiciones que deberían avergonzar a cualquier autoridad: aulas improvisadas con sábanas, telas y cartones como únicas paredes.
No estamos hablando de una situación temporal por una emergencia. Estamos hablando de abandono sistemático, de desidia institucional, de autoridades que tienen un expediente técnico listo para actuar pero que prefieren quedarse de brazos cruzados mientras los niños aprenden entre trapos.
Las imágenes difundidas por padres de familia y docentes que se cansaron de esperar muestran una realidad que duele: estudiantes de primaria hacinados en un local comunal donde las divisiones entre «aulas» son simples telas colgadas que no detienen ni el sonido ni la indignación que esto genera.
Una madre de familia lo dice con toda claridad en uno de los videos que circulan: «Aulas divididas por sábanas. Como comprenderán, son niños, el ruido no los deja concentrarse». Imagínense intentar aprender matemáticas o leer un cuento mientras del otro lado de una sábana otros 30 niños están en plena clase de educación física. Esa es la realidad que viven estos escolares todos los días.
Franklin Varillas, director del plantel, no tiene más remedio que admitir lo obvio: todo esto ha sido posible únicamente porque los padres de familia se arremangaron y pusieron de su bolsillo. «Con el esfuerzo de los padres han logrado dividir con telas», declaró. Porque claro, cuando el Estado falla, siempre son los padres los que tienen que pagar los platos rotos.
¿Y por qué tuvieron que mudarse a este espacio comunal improvisado? Porque el colegio original es literalmente una trampa mortal esperando a cobrar víctimas. Las paredes presentan rajaduras alarmantes, la estructura está comprometida y todo el edificio amenaza con venirse abajo en cualquier momento.
«Actualmente así se encuentra la infraestructura, toda rajada, está todo deteriorado, es un peligro para los alumnos», denunció otra madre de familia mostrando el estado calamitoso del local educativo original. Ese lugar donde hasta hace poco estudiaban los niños hoy es un monumento al abandono estatal.
Pero aquí viene lo que realmente hierve la sangre: el director Varillas confirmó que ya existe un expediente técnico completo, listo, aprobado para la reconstrucción del centro educativo. «Estamos tocando las puertas de las autoridades, ya que hay un expediente técnico para la reconstrucción del local escolar», explicó con la resignación de quien sabe que seguirá tocando puertas por mucho tiempo más.
Traducción: tienen TODO lo necesario para comenzar la obra. El diagnóstico está hecho, el proyecto está diseñado, los papeles están firmados. Lo único que falta es la voluntad política para ejecutarlo. Y esa, señores y señoras, brilla por su ausencia.
Mientras los funcionarios públicos probablemente trabajan desde sus cómodas oficinas con aire acondicionado y paredes de verdad, 180 niños continúan asistiendo diariamente a un espacio que no reúne ni el mínimo de las condiciones necesarias para llamarse escuela. No hay seguridad estructural adecuada, no hay aislamiento acústico, no hay privacidad entre grupos, no hay dignidad.
Estos menores están en una etapa crucial de su formación académica, y en lugar de concentrarse en aprender, tienen que lidiar con el ruido constante de las otras «aulas», con el calor que se acumula en un espacio sin ventilación apropiada, con la incomodidad de estudiar en un lugar que nunca fue diseñado para la educación.
Esta no es una historia aislada. Es el reflejo de un problema nacional: la inversión en infraestructura educativa siempre queda al final de la lista de prioridades. Las autoridades esperan a que los techos se caigan literalmente sobre las cabezas de los estudiantes antes de considerar hacer algo. Y cuando finalmente actúan, lo hacen tarde, mal y con presupuestos recortados.
Lo que está pasando en Morropón es un escándalo que debería tener a las autoridades regionales y nacionales dando explicaciones. Pero como siempre, el silencio es su mejor estrategia. Ignorar el problema hasta que la gente se canse de reclamar y se resigne a vivir en la precariedad.
Los padres y docentes de la IE Niño Jesús de Praga hicieron lo correcto al exponer públicamente esta situación. Esperan que la presión mediática finalmente obligue a alguien a asumir su responsabilidad y garantizar lo básico: un espacio digno, seguro y apropiado donde sus hijos puedan ejercer su derecho constitucional a la educación.
Porque eso es lo que estamos hablando aquí: de un derecho fundamental que está siendo violado todos los días. Estos 180 niños tienen derecho a estudiar en un aula de verdad, con paredes de verdad, en condiciones que favorezcan su aprendizaje, no que lo obstaculicen.
Hoy, mientras usted lee esto, esos niños están sentados en sillas improvisadas, mirando hacia pizarras que comparten espacio con sábanas tendidas, intentando concentrarse entre el ruido de fondo de tres o cuatro grupos más, sudando porque la ventilación es pésima, y preguntándose probablemente por qué su educación vale menos que la de otros niños del país.
La pregunta que todos deberíamos hacernos es: ¿hasta cuándo vamos a permitir que esto siga sucediendo? ¿Cuántos reportajes más necesitamos ver antes de que alguien con poder de decisión mueva el trasero y haga lo que tiene que hacer?
El expediente técnico existe. Los niños están ahí. Los padres están desesperados. Solo falta que las autoridades hagan su trabajo. Pero al paso que vamos, estos niños terminarán la primaria entre sábanas y cartones mientras los responsables siguen cobrando sus sueldos completos por no hacer absolutamente nada.
Esta boca no se calla ante este tipo de injusticias. Y tampoco deberían callarse las autoridades responsables de esta vergüenza.


